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18 de julio de 2026

De los "anti-Argentina" a las cábalas para la final del Mundial

El domingo seremos muchos más los que estaremos con Argentina sintiendo que somos lo mismo

Por un segundo me corro del análisis internacional y quiero contarles cómo vivo esto del Mundial sin ser argentino, pero amando profundamente a la Argentina. Lo que se advierte en las redes sociales es cierto antiargentinismo o, más precisamente, cierto antiporteñismo que aprovecha la ocasión para cobrar facturas mezcladas. No son todos, por supuesto, pero hay bastante miseria humana circulando por varios rincones del continente. Con franqueza, es un asunto que enerva.

En América existe un vínculo dual con la Argentina. Todos saben que es creativa, agitadora, impetuosa y genial. Todos saben, también, que es una sociedad atravesada por intolerancias diversas y por una tensión narrativa extrema.

Los argentinos no siempre comprenden ese matiz porque forma parte de la vida cotidiana del país: viven dentro de un storytelling confrontacional permanente, en el que la clave parece ser el conflicto eterno. No hay día en que la Argentina no tenga un drama shakespeariano en escena. Puede ser el presidente, un robo de un alto funcionario, un asunto de dinero mezclado con hombres y mujeres de los medios. Lo que sea: todo explota allí adentro. Y todo es atómico y extroversión pura.

¿Les pasa esto a otras sociedades? Sí, por supuesto. Pero quizá algo menos, o con tonos diferentes. Incluso en Estados Unidos -desde donde escribo esta nota- se vive en una furia permanente y bajo un gobierno que por momentos parece el de Atila. Sin embargo, cada tanto sobreviven espacios y zonas de aproximación, porque el sistema está pensado en esa clave institucional. Aunque la situación también está espesa: ayer mismo, las cadenas televisivas liberales ni siquiera transmitieron el discurso nocturno del presidente estadounidense.

Vuelvo.

Percibo mala onda de personas de distintas nacionalidades frente a lo que sucede con la Argentina en redes sociales, y es algo que me llama la atención. Una cosa era antes, cuando el gran ídolo era Maradona: titánico y revolucionario, pero también derrapado, grotesco, sobrador y opíparo.

Hoy, en cambio, la selección argentina parece un colegio de niños educados. Su líder es el más bueno y sano de la clase, y su director técnico es Lassie: uno querría tenerlo como hermano mayor.

Y, aun con esa presentación, la Argentina actual sigue teniendo dificultades para enamorar a los latinos, hispanos y sudamericanos del continente en internet.

Sin embargo -y digo simplemente lo que veo-, los hispanos y los hablantes de español en Estados Unidos se pusieron la camiseta de Messi y lo idolatran. El que vino hasta aquí a romperse el alma para juntar unos dólares siente que Messi lo representa mejor que nadie. ¿Se entiende? El pueblo real de hispanos y latinos no complejiza una solidaridad que le sale a flor de piel.

¿Se comprende lo maravilloso de esa percepción?

No puedo decir cuántas camisetas se han vendido aquí, pero se ven por todas partes. Es cierto: muchas no son originales. Pero eso es lo de menos. El latino laburante, el que anda remando la vida todos los días, ama esa Argentina brava que pelea contra la adversidad.

Como los argentinos son cabalistas, a cualquiera que tire mala onda lo rajan. Hacen bien.

Es que la Argentina es una sociedad espiritual, creativa y dotada de una épica que la hace sentir que renace con el fútbol. Y renace de verdad.

Porque el fútbol es mucho más que un partido. Es nacionalismo, aunque lo nieguen. Es resiliencia, entrega y sentido de lo colectivo unido a lo individual. Es, también, un espacio de movilidad social para los bendecidos que consiguen llegar al coliseo de nuestros tiempos.

Los jugadores -y unos pocos cantantes- son los semidioses contemporáneos. Ahora que se estrena La Odisea, quizá se comprenda mejor el concepto. El destino siempre se desplaza hacia el drama y conserva un final incierto. Los griegos eran bastante amargos en ese sentido. El fútbol es igual.

Pero los destinos no están prefijados.

Nadie mejor que un uruguayo para analizar a un argentino. Los argentinos son extrovertidos, polémicos, ruidosos y talentosos. También son intensos y se desbordan con frecuencia.

Pero se las ingenian para ser extraordinarios en rugby, tenis, hockey femenino o lo que se propongan. Hasta monstruos del básquetbol han producido.

En literatura basta comenzar por Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato y Julio Cortázar. En el humor, desde Luis Sandrini, pasando por Alberto Olmedo, hasta llegar a Tato Bores. En la televisión, desde Pipo Mancera hasta un Mario Pergolini remasterizado. Actores, ensayistas, productores y figuras como Adrián Suar o Guillermo Francella.

Y sí, también políticos como Raúl Alfonsín, Carlos Menem y Javier Milei.

Esa mezcla es la Argentina. Y mucho más.

De música mejor ni hablamos, porque desde el Indio Solari hasta el mito viviente de Charly García lo tienen prácticamente todo.

Mi teoría es que los argentinos, por ser como son, producen envidia, rechazo primario y cierta desazón. A veces te pasan por arriba sin proponérselo. Pero al conocerlos, surge ese ser entrañable que se abre rápido, te trata de "boludo" y se hace amigo sin pretensiones y cálculos.

Son italianos desbocados, aunque con menos picardía. Son uruguayos acelerados. Son españoles todavía más frontales. Son todo eso y mucho más. Son "argentinos".

¿Que no tienen afrodescendientes? ¡Pero si son un pueblo mestizo, como somos todos en América! ¿De verdad alguien puede decir seriamente semejante estupidez?

Yo amo a los argentinos.

Los amo porque tienen el tupé de creerse capaces y lo son. Y estoy convencido de que muchas de las cosas que nos suceden en la vida dependen de la convicción y de las ganas profundas de hacer que sucedan. Si lo logran en tantas cosas, algo mágico hay en esas gentes.

No sé si se entiende.

Estaría bueno que en los programas tertulianos hubiera más análisis verdadero sobre cómo se orienta la cabeza de un grupo humano desde el plano psicológico pero saliendo del lugar común que son buenos muchachos que comen asado y se tienen onda; cómo se lo cohesiona; cómo se le transmiten valores; cómo se le contagia un sentido épico y romántico de la batalla; y cómo se logra que todos sientan que luchan por una causa superior: la Argentina que se los demanda. Si fuera psicólogo ya estaría escribiendo ese libro. Nos haría bien a todos.

Créanme: son la envidia del continente.

Quizá a algunos, por necios, esa afirmación les parta el alma. Pero somos muchos, muchísimos más, los que el domingo estaremos con ustedes sintiendo que somos lo mismo.

Toda la vida hablando del Mercosur, de los pueblos hermanos y de todo lo que nos une con tanta gente diversa. Les juro que ya somos montones los que vamos a gozar si todo sale como debe salir.

Yo también soy cabalista.

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